"Si llevas tu infancia contigo,
nunca envejecerás"
Tom Stoppard
Hace unos días, Fernando, un compañero de la primaria, escribió en un posteo que hice. La publicación era una de esas tantas que se replican porque "tienes que etiquetar a diez mil amigues sino siete plagas caerán sobre ti". No es que lo crea, pero ahora esa frase toma otro valor después de cinco meses de encierro y no vamos a tentar a la suerte (...o sí?). Desde que empezó la cuarentena por la pandemia generada por el Covid-19, las redes se volvieron un escape de esta realidad "envirusada", llena de estadísticas y numerología de contagios, un compartir de memes y adivinanzas para pasar la pesadilla, pero al cabo de unas semanas, resultaron agobiantes con todos sus #hastags, challenges y etiquetas pidiendo cumplir algo que ni siquiera solicitaste.
En fin, ahí estaba yo otra vez, compartiendo un posteo que me resultaba interesante: proponía a quien lo leía decir algo respecto a su relación conmigo. Valía todo: desde una imagen, un aroma, a un recuerdo o lo que se le ocurriese a quien participaba. Entonces, volviendo a Fer, tengo que confesarles que él no fue cualquier compañero sino mi mejor amigo de aquel entonces, a quien lloré cuando al pasar a la secundaria se cambió de escuela.
Acostada en la cama, escuchando ese sonido que se asemeja al del cruce peatonal del tren de Caseros que suena cada vez que hay viento y no sé qué es, tomo mi celular y chusmeo, casi como un rito, las últimas notificaciones que me perdí. Una ojeada a lo último que compartieron mis contactos. Y ahí apareció él, bah en realidad, su notificación. Contó dos recuerdos de la infancia que para mí fueron millones. Me quedé toda la noche desvelada en aquel tiempo donde la única preocupación era ir a la escuela, que alguien organizara un asalto, bailar "No sé tú" con algún pibe que no te pisara los pies, ir a dormir a la casa de tu mejor amiga y comer panchos y que la botellita le caiga justo al chico que me escribió el comentario.
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