Es de madrugada.
Mis ojos están secos, en sus lentes se refleja el monitor. Algunas veces, las manos se escapan del teclado para acariciarnos. De fondo la BBC o alguna playlist. Otras, el silencio ensordecedor de la cuarentena.
El desvelo por un proyecto es intenso, necesario. Las luces de un vehículo policial se reflejan por las paredes del estudio.
Se acumulan tazas y vasos entre el mouse, el teclado, memorias, papeles y lápices.
El desorden se incrementa.
La entrega se acerca.
La vorágine nos atrapa.
Me sonríe,
le acaricio el pelo.
Volvemos a las pantallas.
Uno al lado del otro.
Siempre.
Así.
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| Quien no se reinventa, se extingue. |
